Promesas de Arena Capítulo 1. Volver

El Negev

Volver allí, a Palestina, a los Campos, a la abrumadora desolación. Y a vivir.

Capítulo 1.- Volver

Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Tú casi nos matas a mí y a tu hijo, pero eso no me hizo más fuerte, sólo más insensible. Acoracé esa vida que milagrosamente había salvado para protegernos a los dos, a Ismael y a mí.

Si no hubiera vuelto a escuchar tu voz, ese timbre profundo y a la vez susurrante que removía todas las células de mi cuerpo y despertaba sensaciones sepultadas bajo miles de palabras y gestos ensayados; yo hubiera seguido encadenando momentos anodinos, instantes cotidianos que incluso en ocasiones llegaban a parecerse a la felicidad.

Creía que jamás volvería a sentir nada. Ni dolor, ni angustia, ni nostalgia, y ni por supuesto, deseos. Mi vida se acabó el día en que literalmente el mundo se vino abajo y la aplastó por completo.

Estaba equivocada.

Hoy, seis años, ocho meses, veinticuatro días, nueve horas y veinticinco minutos desde la última vez que te vi, he vuelto a escuchar tu voz.

Todo lo que minuciosamente había ido construyendo, mi soporte vital, se ha derrumbado como los frágiles castillos de naipes que me entretenían de niña.

Ahora los fragmentos de mis rutinas están esparcidos a mi alrededor y yo soy incapaz de reunirlos o recogerlos. Tengo miedo, el corazón me late desbocado, siento la sangre de nuevo correr por mis venas y arterias. Has vuelto a mí, estás vivo; estoy viva.

Si el teléfono no hubiera sonado hace unos instantes, si Coke, mi hijo Ismael, no lo hubiera cogido y si no se hubiera puesto a charlar como un loro como suele hacer con todo el que llama… Si yo no se lo hubiera quitado alegremente, pensando que era su abuela, Jasón o uno de nuestros amigos quien mantenía esa animada conversación con él tal vez lo hubiera dejado sonar y al final hubieras colgado. Pero no, para que engañarme, tú habrías insistido otro día, a otra hora, a todas las horas. Siempre alcanzas lo que persigues.

– ¡Coke!, ¡qué sí, que soy Coke… je, je,je! My granny say I’m like a cookie…

Inglés, mi hijo había pasado al inglés, ¿con quién conversaba que utilizaba una lengua que sólo hablaba con su padre o su abuela?

¿Quién es cariño?, ¿es papi? Dame anda. Sí, hola…

– Mi Noor, salam princesa, que bonito se te oye…

Una descarga eléctrica recorrió cada fibra de mi cuerpo. Esa voz. Tu voz.

Tú… ¿Hayzam? Estás vivo, ¡Dios!, estás aquí. Desde dónde llamas. ¿Cómo has sabido…?

– Eso no es importante Princesa, quiero verte, necesito verte, saber que me recuerdas.

No era una petición, lo sabía, era una orden que no hacía falta darme. Yo también lo necesitaba; y nada iba a impedirlo, el problema era cómo podríamos conseguirlo sin herir a quiénes me querían. A quién me amaba.

Para recordarte tendría que haberte olvidado… maldito moro.

– Mi Noor, mi luz. Vuelve a mí.

Nada más. El tono continuo del teléfono. Había colgado. Ya me tenía de nuevo.

Ismael seguía jugando aparentemente ajeno a mi conversación, pero cuando dejé de hablar alzó sus ojos hacia mí y preguntó:

– ¿Quién era mami?, me hacía reír.

Se parecía tanto a su padre. Cuando mis recuerdos se aletargaban, me bastaba con mirarle para sentir su calor, escuchar su voz arrullándome, su olor aturdiendo mis sentidos.

Mis manos aun aferraban el teléfono y temblaban. Tenía que hacer algo. Tenía que tranquilizarme y pensar. Jasón llegaría dentro de poco y todo debía ser normal, como siempre.

– ¿Quieres Ma’mul*, Ismael?

– Sííí, y bolitas de garbanzo.

– ¿Falafel*? ¿No será mucho. Te lo comerás todo?

– ¡Sí mommy, si porfa!

Era una buena idea, cocinar siempre me relajaba y me mantendría ocupada.

– Vale, vente conmigo a la cocina y me ayudas.

Por alguna razón inconsciente no quería perder a Ismael ni un momento de vista, aunque fuera en la seguridad de nuestra casa, lo quería conmigo, junto a mí… En los campamentos los niños gozan de una libertad inaudita para el entorno en que se mueven, pero siempre están vigilados, siempre puedes preguntar a alguien y lo habrá visto, sabrá dónde anda jugando o enredando.

Llené un cazo con agua y lo puse al fuego. En unos segundos estaría hirviendo. Qué fácil es todo en Occidente. En la Franja conseguir combustible para cocinar, agua para beber y asearse, alimentos básicos… es una verdadera proeza para casi todas las familias. Me quedé absorta mirando las burbujas del liquido que comenzaba su ebullición en un brillante cazo de diseño… la olla de aluminio dónde calentaba el té cada amanecer tenía mil abolladuras y era uno de nuestros más apreciados bienes.

Volví a escuchar la llamada del  almuecín a la oración del alba: “al-fayr: aṣ-ṣalātu jayrun min an-nawm, aṣ-ṣalātu jayrun min an-nawm… Dios es mejor que el sueño”. Yo llevaba muchos años dormida, tú eras mi almuecín, me habías sacado del sueño. Tu regreso del mas allá me había despertado y todos aquellos  recuerdos que había mantenido aletargados durante tanto tiempo regresaban también a mí, como una pesadilla, para recordarme que debía volver a la vida. ¡Qué ironía!, los sólidos muros con que había blindado nuestra existencia para aislarnos, para no añorar, para no recordar, para no sentir…, se habían derrumbado, como las murallas de Jericó, con el sonido de una voz árabe: “Mi Noor, mi luz”.

Y todo volvía a mí: los gritos de los vendedores ambulantes, el canto del orgulloso gallo de Amina, las carreras de los niños, el llanto de un bebé, el olor a té fuerte, a cardamomo, el petardeo de un tubo de escape renqueante, el claxon del jeep que venía a recogernos cada mañana… el cosquilleo de tus últimos besos en mi piel, unos instantes antes de que el sol rompiera la penumbra. Regresé al Campamento de Rafah, donde en medio de la desolación todo era radiante y mi vida una página en blanco que yo estaba ansiosa por emborronar.


* Ma’mul: Postre típico palestino. Bolitas de sémola espolvoreadas con azúcar y rellenas de frutos secos.

* Falafel: Típico plato árabe. Buñuelos de pasta de garbanzos con ajo y cilantro.

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