Promesas de arena gana el Premio Internacional de Narrativa Marta de Mont Marçal

Premio Marta Mont MarçalUn premio literario  para las mujeres, desde las mujeres

Pocos premios literarios han sido creados por y para la mujer. El Premio Internacional de Narrativa Marta de Mont Marçal nació en 2014 como un homenaje de  Blanca Sancho, responsable de la empresa Mont Marçal, a su madre, Marta Hernández, en agradecimiento por su generosidad, su apoyo, su amor  y la pasión por la lectura, que ha sabido siempre transmitir a los suyos.

Este premio es también un homenaje a todas las mujeres trabajadoras, dentro o fuera de casa, que luchan y han luchado a lo largo de la historia, por y para que todos los que las rodean sean más felices. Por eso se falla el 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, fecha conmemorativa de un hecho realmente aciago y que muy pocos mencionan: el 8 de marzo de 1908 cerca de 130 trabajadoras mueren abrasadas en el interior de la fábrica Cotton de Nueva York, donde se habían encerrado para reclamar una jornada de 10 horas, similar a la de sus compañeros varones, y tiempo para amamantar a sus hijos; el propietario de la empresa ordenó atrancar las puertas y provocar un incendio para hacer salir a las mujeres.8_marzo_dia_mujer_trabajadora

El día Internacional de la Mujer, se organizan muchos homenajes, se publican miles de artículos elogiando o clamando por la igualdad de la mujer. El 9 de Marzo se queda todo en papel mojado. A lo largo de los siguientes 364 días, hasta que de nuevo llegue esa fecha, la mujer continua siendo discriminada en el trabajo, en el ámbito social y cultural, y  sufriendo maltrato físico y psicológico en todos los países del mundo. Sin embargo, las mujeres siguen haciendo que “todos los que las rodean sean más felices”.

Autor: Juan Galafa

Si algo caracteriza a la condición femenina es su capacidad de “dar”. Biológicamente damos la vida, por naturaleza nos volcamos en nuestra familia, nos entregamos a los seres que amamos y, aunque no se nos reconozca como debería, nos afanamos en nuestro trabajo y nuestra profesión exactamente igual o más que los hombres. Ya era hora de que un galardón literario nazca para ensalzar esto.

Cuando leí “Un premio literario para las mujeres, desde las mujeres”, palabras de Blanca Sancho para presentar el premio literario con el que homenajea a su madre y a todas las mujeres que se dan a los suyos; como publicitaria me pareció un buen titular, como mujer un hermoso  proyecto y como escritora novel, que estaba dirigido a mi obra. Porque Promesas de arena más que una novela con un tórrido romance, más que la descripción  de un crecimiento personal, es sobre todo una historia de amistad y apoyo entre mujeres. Una amistad capaz de superar culturas y perjuicios para hermanar voluntades y fortalecer la condición femenina más allá de conflictos y pasiones.

Jurado Premio Marta de Mont Marçal.

Jurado Premio Marta de Mont Marçal.

vcm_s_kf_m160_160x119

Entrega del Premio Marta de Mont Marçal en la Fundación Jordi Sierra i Fabra.

El Jurado del Premio Marta de Mont Marçal debió pensar también lo mismo porque eligió a mi novela como ganadora entre los 68 manuscritos presentados y tres finalistas.

Promesas de arena será publicada en junio por Roca Editorial.
Esto es un sueño, el sueño, de todo escritor novel. Pero si además va acompañado de un galardón tan singular como el Marta de Mont Marçal y de todos los elogios que pude escuchar a lo largo de la velada de entrega del premio en la Fundación Jordi Serra i Fabra de Barcelona el pasado 9 de marzo, es todo un empujón de confianza y autoestima para lanzarme al mundo literario.

 
Entrega del premio Mont Marçal

Gracias al Jurado del Premio Marta de Mont Marçal: Marta Hernández, Presidenta; Blanca Rosa Roca, de Roca Editorial; Isabel Martí, agente literaria de IMC y Hortènsia Galí, en nombre de la Fundación Jordi Sierra i Fabra; así como a mi admirado Jordi Sierra i Fabra y a Toni Puntí, director del programa Anima, de TV3 que presentó el acto. Decir que estoy feliz, creo que se queda corto.


Estoy segura de que Promesas de arena va a tener éxito y va a hacer pensar a  más de una lectora si realmente da su amor y su entrega a quién se lo merece. O, al menos, a pensar con el corazón y amar con cabeza, que la pasión y el sexo, siempre con seso.

 portada libro Laura

Los gustos lectores son como los colores

 

Para elegir libros, los lectores

Los gustos de lectura son tan individuales como las personas.

“Para gustos, los colores” es un dicho popular de todos conocido que nos da a entender que en preferencias no hay nada escrito… ¿o sí?

En la percepción del espectro cromático hay un importantísimo componente físico  ya que captamos las diferencias cromáticas con la retina pero luego esta percepción  pasa por el prisma de nuestra subjetividad.

De hecho, la Psicología del Color es un campo de estudio dirigido a analizar el efecto del color sobre nuestra psicología a todos los niveles: percepción, pensamiento, conducta… Es más, el estudio de la percepción de los colores constituye una consideración habitual en el diseño arquitectónico, la moda, la señalética y el arte publicitario. Esto último lo sé muy bien, vengo del mundo de la publicidad. Los colores cálidos: rojo, amarillo, naranja suelen provocar reacciones que van desde el confort a la irritabilidad; y los colores fríos: azul, verde, morado,  inducen a la calma pero también a la tristeza y a la indiferencia.

Para gustos los colores

La realidad tiene el color del cristal con que se mira.

Se sabe que hay colores que tienen significados universales, o sea, funcionan para muchas culturas, pero también cada persona hace su propia escala. Una vez más la individualidad toma protagonismo.

Curiosamente uno de los primeros estudiosos que analizó las propiedades del color fue el mismísimo Aristóteles (384 a.C.–322 a.C.), quien describió los colores básicos relacionados con la tierra, el agua, el cielo y el fuego.

Pero el precursor último de la psicología del color sin embargo, fue el poeta y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) -¡el escritor romántico de Las cuitas del  joven Werther!- que en su tratado “Teoría del color” propuso que el color en realidad depende, además de factores físicos (como propuso en su día Sir Isaac Newton) de nuestra percepción, en la que se halla involucrado el cerebro y  los mecanismos del sentido de la vista.

Más tarde, Eva Heller (1948-2008) relacionaría los colores con los sentimientos basándose en que existen montones de experiencias universales profundamente enraizadas en nuestro lenguaje y en nuestro pensamiento: dichos y saberes populares, el diseño de productos, test de colores, la curación, la manipulación de las personas, los nombres y apellidos, etc.

“Así como un ‘color’ o ‘mezcla de color’ favorito que es tan sólo un criterio, no puede estar asociado a la idea de ‘belleza’ pues el concepto ‘favorito’ es subjetivo”

Eva Heller fue socióloga, psicóloga y profesora de teoría de la comunicación y psicología de los colores. Entre sus obras destacan diversas publicaciones para niños:” La verdadera historia de los colores” (2006), así como novelas: “A la tercera va la vencida” (1990)”, de nuevo una escritora hablando de colores.

Bueno, pues lo mismo pasa, creo yo, con los gustos lectores. Hace poco, en uno de los grupos de lectura a los que estoy suscrita –y sinceramente no recuerdo cual, ya que al poco no volví a encontrar el hilo- una de las lectoras propuso comentar qué libro o libros nos había sido imposible continuar leyendo, es decir qué autores considerábamos “ilegibles”.  Y fijaros que se habla de “ilegibles” y no “densos”, que para mí no es lo mismo.

Tres maestros de la narrativa sudaméricana

Imprescindibles, no ilegibles.

Ante mi estupor, entre los libros y autores odiados por los lectores que respondieron al post estaban: Rayuela de Cortázar, La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, Entre costuras de María Dueñas, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez… por mencionar sólo aquellos autores y narraciones que a mí me han dejado totalmente admirada. Por supuesto se mencionaban muchos más –como Pablo Coelho, que sinceramente yo soy incapaz de leer y no porque considere que es un mal escritor, sino porque siempre me he resistido a que me den “clases de vida”.

Pues eso, que en los gustos de lectura supongo que también influye tu percepción cultural, tu sensibilidad, tu capacidad para percibir la belleza o cuestionarte la vida.

Yo leo de todo; sí, también Romántica y Erótica, y Novela negra,  y Fantástica, y Ciencia Ficción…  y cualquier libro que me haga soñar sin insultar mi inteligencia. Porque todos los géneros son válidos si el escritor sabe lo que hace y lo hace con maestría.

Cada lector que escoja sus lecturas, acorde con su gusto y su estado de ánimo. Pero a las personas que, por ejemplo, son incapaces de leer a Cortázar, a García Márquez o Vargas Llosa les aconsejaría que vuelvan a intentarlo, tal vez cuando cogieron sus libros para leerlos no estaban preparados para ellos y ahora sí puedan apreciar el valor de un texto bien escrito y una narración que además de contar una historia, remueve tu conciencia y te llega al corazón. Por experiencia propia sé que cada libro –y cada color- tiene su momento.

Alicia un cuento para niños grandes

Lewis Carroll llenó de acertijos y juegos de palabras su libro.

Si no ¿probad a leer de nuevo Alicia en el País de las Maravillas, o El Principito, con algo más de los diez a doce años que teníamos cuando nos regalaron esos libros?

 

Mi primer cuento publicado, La Chicharra Gritona

Mi primer cuento publicado por Ediciones Marte en su sello infantil La paloma de papel.

Mi primer cuento publicado por Ediciones Marte en su sello infantil La paloma de papel.

No, no lo firmaba Aurora, me habéis descubierto, o más bien, yo os descubro mi otro yo: Laura. En aquellos años, finales de los ochenta, estaba más volcada en mi carrera como creativo publicitario que en escribir. Lo de publicar me vino sin buscarlo y tampoco le presté mayor dedicación, mis prioridades eran crear anuncios, y vivir La Movida.

Escribía, sí, relatos cortos, cuentos, artículos para La Luna de Madrid que pocas veces me pagaban, e iba guardando todos esos  ratos perdidos en una carpeta que años después he recuperado y me ha hecho ponerme a escribir de verdad.

Un amigo ilustrador leyó alguno de estos cuentos y escogió La Chicharra Gritona y ¡Un Caracol Dorado! para una nueva colección dirigida a primeros lectores, La Paloma de Papel, que estaba desarrollando para Ediciones Marte. Me divertí mucho escribiéndolos y siguiendo el proceso de edición.

La Chicharra Gritona cuenta las aventuras y desventuras de Cric-Cric, una jovencísima chicharra que por dormilona no aprende a cantar, pero que tiene una voz prodigiosa. Afortunadamente se cruza en el camino de una hormiga fuera de los común, Flopi. Una hormiga obrera que no sigue las rígidas normas de su hormiguero y se empeña en  ayudarla.

Evidentemente el cuento es un homenaje al clásico “La cigarra y la hormiga”, pero introduciendo conceptos como la solidaridad, la amistad, la búsqueda del propio camino y apuntes ecológicos para que los niños conozcan el mundo de la naturaleza, aunque sea con bastantes toques fantásticos como es lógico.

Tiene un lenguaje atrevido y dinámico y sobre todo considera a los niños como personitas inteligentes, contándoles cosas reales sobre la vida de los insectos: la organización en castas del hormiguero y cómo cantan las chicharras que oyen en los días de calor.

Espero que os guste La Chicharra Gritona y os animo a descargaros el cuento en pdf. Es mi particular regalo de Reyes para todos mis seguidores. Sobre ¡Un Caracol Dorado! os contaré en mi próxima entrada.

Promesas de Arena – capítulo 2. Llegamos

 

 

Campo de refugiados

Campo de refugiados

Agosto 2005, Campamento de refugiados palestinos en Rafah, Franja de Gaza.

En nuestro primer encuentro ni siquiera te vi… pero si te sentí. Sentí frío en medio de aquel viento abrasador que casi impedía respirar. Cuando me volví sólo contemplé a un beduino más con sus holgados ropajes oscuros, subiendo a un camión destartalado: como tantos que deambulaban por el campamento. Aún así la sensación de vacío me duró bastante tiempo y no lograba concentrarme en lo que me contaba nuestro instructor.

Luego sabría que tú me mirabas mientras intentaba recogerme el pelo en un moño improvisado que refrescara mi nuca, y que fue ese gesto lo que te hizo fijarte en mí, en recorrerme lentamente, paladeando de antemano tu presa, recreándote en mis manos aferrando mi cabello, mi cuello, mis hombros, mis brazos “impúdica  e inconscientemente al aire”, la curva de mi cintura, mis caderas y mis muslos desnudos asomando por los pantalones cortos.

Apenas hacia unas horas que el convoy había llegado al campo. Lo desconocíamos prácticamente todo: cómo actuar, cómo vestir, cómo movernos, cómo hacernos entender, porque incluso nuestros esfuerzos por expresarnos en inglés chocaban con el hermetismo risueño de esa gente que nos contemplaba con indiferencia y calculaban entre ellos cuantos días aguantaríamos en aquel infierno.

El viaje desde Madrid había sido agotador. Nuestro avión tardó casi tres horas y media en salir por la huelga de operarios en el aeropuerto de Barajas. Pero esa espera no fue nada comparada con las colas y trámites interminables en el aeropuerto egipcio y en los numerosos checkpoint  que tuvimos que traspasar y dónde las siglas  de la Agencia de la ONU para refugiados palestinos apenas tenían algún valor para los jóvenes soldados judíos que controlaban los pasos. Todo y todos éramos registrados invariablemente y acribillados a preguntas con más o menos grado de hostilidad por su parte según las horas de guardia que llevaran encima.

Y allí estábamos. Por fin. Expectantes, nerviosos, ilusionados, y muyy, muy acojonados: Sofía, Nacho, Diego Jaime y yo, Lucía, los nuevos y supernovatos cooperantes dispuestos a comerse el campo en sus seis meses de voluntariado y prácticas. Nacho y Diego eran médicos, Sofía psicóloga. Jaime y yo asistentes sociales.

Conocí a Jaime en el primer año de carrera, en una fiesta multitudinaria en la que ambos nos sentíamos extraños porque ninguno de los dos soportaba los “combinados explosivos” en botella de plástico. Pero había que socializar, e integrarse con los compañeros para no parecer tan nuevos.

Fiesta loca, marcha, beber lo que te dieran; marcha, saltar como energúmenos al ritmo de una música infame; marcha, morrearse o lo que fuera con el primero o primera que se pusiera a tiro; marcha, unos porritos; marcha, vomitona en algún rincón; marcha… y un tremendo dolor de cabeza al día siguiente mientras aguantabas la bronca de los viejos.

A pocas semanas de los primeros exámenes Jaime y yo decidimos colgarnos la etiqueta de frikis y pasar de la marcha. Desde entonces éramos amigos, muy buenos amigos, a veces con derecho a roce pero sin exclusividad, nunca habíamos pasado de meternos mano y él se había terminado echando una novia que también se convirtió en una buena amiga. María era el contrapunto perfecto para Jaime: atractiva, dulce, divertida, práctica y decidida. Mientras nosotros íbamos a pasar unos meses en plan altruista en pro de nuestros elevados ideales humanitarios ella se estaba dejando ningunear en un bufete para conseguir el objetivo que se había fijado desde siempre: ser abogada economista en una gran empresa y ganar mucha, muchísima pasta.

Camión de suministros

Cuando saltamos del camión habríamos matado por una ducha y unas horas de sueño.

Cuando saltamos del camión habríamos matado por una ducha y unas horas de sueño pero una vez más nada estaba saliendo según lo imaginábamos. Andy Wilder, nuestro jefe de operaciones en el terreno, un mejicano chiquito y dicharachero, nos levantó el ánimo al grito de : “rápido pendejos soltad los bártulos y seguidme. Los tíos no  ¡huevones! A descargar ese camión, y que no se les pierda ni un bulto. El material sanitario al dispensario, los alimentos y el resto al almacén. Lindas, vosotras me vais siguiendo que les hago el tour de bienvenida. Muchachos cuando terminen agarren algún crío y  que les lleve dónde estemos, ellos siempre lo saben.”

Era mediados de Julio y el polvo se masticaba, no había ni una sola calle asfaltada y estábamos rodeados por tiendas y chamizos improvisados con los materiales más dispares. Por todas partes había tremendos agujeros y socavones. Según caminábamos nos íbamos adentrando en un laberinto de callejas estrechas de casas en ruinas sin ningún trazado urbanístico. Nos seguían cada vez más chiquillos, éramos la novedad, los recién llegados y hacían apuestas entre ellos sobre quién aguantaría un mes siquiera. La puja más popular estaba en dieciocho días para las chicas y veintitrés para los chicos. Lo sé porque en los siguientes reemplazos yo también participaba en las apuestas, aunque no tenía la intuición o el conocimiento de la gente del terreno para detectar la capacidad de aguante de los cooperantes novatos.

Almacén de suministros en el campo de refugiados

Nada era cómo habíamos imaginado.

Primero visitamos los almacenes –si es que se les podía llamar así- era un recinto rodeado de alambradas en el que había varios contenedores destartalados que hacían las veces de barracón. Dentro se apilaban los suministros: sacos y cajas de la ayuda internacional que como cuentagotas habían pasado los incontables filtros y controles de las diversas autoridades judías y palestinas, y  el resto del material que, por necesidad y a precios prohibitivos, llegaba por los túneles. Pero llamar a aquello almacén era todo un acto de fe.

Como fui descubriendo a los pocos días en ese momento el centro podía considerarse abastecido, nosotros acabábamos de llegar con uno de los cargamentos más importantes permitidos en los últimos meses, pero las existencias se agotaban rápidamente; eran muchas las necesidades y demasiados los necesitados.

Según se iban descargando los bultos se apilaban en el interior del almacén de cualquier manera y un piquete  ¡armado! se apostaba alrededor de la alambrada. Ya nos habíamos acostumbrado a la presencia de las armas automáticas en los checkpoint que nos habían dado la bienvenida en nuestra ruta, pero no dejó de sorprendernos que se exhibieran dentro del mismo campamento y para proteger alimentos y materiales que beneficiaban a todos. En nuestras ingenuas mentes occidentales bien alimentadas y cuidadas, pensábamos que el altruismo era una virtud innata, sobre todo en un entorno de necesidad. Ja, ja. ¡benditos ilusos!

Los protectores del almacén no eran voluntarios como cabía esperar, sino guardas pagados por la organización  para disuadir a saqueadores y desesperados. Además de su salario se cobraban por sí mismos algunos extras en especie, pero era un mal menor que ya se tenía en cuenta a la hora de calcular mermas. Mejor extraviar un saco de arroz que perder media tonelada en un asalto multitudinario. Con las semanas nos acostumbraríamos a ver material y alimentos con el sello de las ONG’s en los mercados locales.

Nacho, Diego y Sofía  fueron asignados al dispensario, bajo las órdenes y el recio control de  Hamid, un hombre moreno, enjuto y autoritario que no permitía ineptitudes ni flaquezas pero del que podías aprender prácticas sanitarias que ninguna universidad del mundo podría enseñarte.

Pero si Hamid era duro, Fathia, su enfermera jefe, era inflexible. A la una de la madrugada de aquel primer y horrendo primer día en el que no habíamos descansado ni media hora tras casi cuarenta y ocho de viaje, Sofía se derrumbó en nuestro camastro con un ataque de histeria y llamando de todo a la “hija-de-puta” de la enfermera bruja. Intenté tranquilizarla, sorprendida y casi asustada. Sofía era de las personas más equilibradas que yo había conocido hasta el momento. Lo que yo no conseguí, evidentemente, lo logró la fatiga. A los pocos minutos, sucia,  con las manos quemadas por la lejía, y con sólo una botella de zumo calentorro en el cuerpo, Sofía estaba profundamente dormida.

A Jaime y  a  mi nos había enviado a “intendencia”   nuestro  “encantador” Andy Wilder. Cuando le indicamos que éramos asistentes sociales y nos gustaría desarrollar nuestra labor “ayudando a jóvenes y niños en riesgo” soltó una de sus tremendas risotadas y contestó:

– Chicos, aquí todos estamos en riesgo.  Primero me organizan la vaina de los suministros y luego ya verán, no se van a aburrir.

 Organizar el cargamento nos llevó unas horas. Hasta que comprendimos el caos que imperaba en el recinto cercado que llamaban almacén. Intentar poner orden y entendernos con la marabunta de gente que se agolpaba a su entrada nos llevó varios días. Exactamente los que tardaron en agotarse los suministros. Entonces nos quedamos con muy poco que hacer  y Andy tomó a Jaime a su cargo directo como asistente/esclavo. Lo mismo le redactaba los mails y solucionaba el papeleo como le hacía la colada. Pero también aprendió a negociar con los proveedores, las patrullas y los guardias de los checkpoint, entre otros muchos trapicheos y malabares con los que el increíble Andy sacaba el máximo provecho a los siempre insuficientes recursos de que disponíamos.

Románticas desatadas

Lectura adictiva

Las novelas románticas son una lectura adictiva.

Lo siento, me voy a poner borde. ¡Estoy hasta el gorro de tanta niñata publicando o colgando bodrios románticones y seudonovelas derivadas de fanfic!

El auge de la autopublicación tiene el inconveniente, a mi entender, de que al no estar sujeta a ningún tipo de filtro editorial con un mínimo criterio literario cualquiera puede publicar sus elucubraciones. Luego, si eres hábil con las redes sociales y cuentas con un buen número de amigos en el ciberespacio Amazón te coloca en los primeros puestos.

No quiero decir con esto que la edición tradicional es mejor, todos sabemos que a las editoriales les mueve prioritariamente un fin comercial y si un autor vende hacen la vista “muy gorda” a la calidad literaria de la obra. Simple y llanamente quiero dar rienda suelta a mi mosqueo. Porque la novela romántica me gusta y considero que hay títulos que puede estar por derecho propio entre las mejores obras de la literatura universal: Anna Karenina, Cumbres Borrascosas, Jane Eyre, Orgullo y Prejuicio, Romeo y Julieta ¡sí es un novelón romántico en toda regla, aunque termine con la muerte de los amantes! Y me dejo un montón, pero tampoco quiero hacer un listado exhaustivo, sino una simple referencia.

Cuando era niña mi madre me escondía las novelitas rosas de Corín Tellado que ella y mis tías leían y me descubrió el mundo de Julio Verne y Emilio Salgari, nunca se lo agradeceré bastante, pero el día que cayó en mis manos una de esas novelas escondidas me tiré todo el día leyendo totalmente enganchada. La señora Tellado era rematadamente buena creando mundos de ilusión. Luego me llegó la etapa intelectualoide y llegué a despreciar esas lecturas hasta que hace unos años volví a leer romántica y comprobé que el género había ganada en calidad y variedad. Danielle Steel, Jude Deveraux, Nora Roberts, Lisa Kleypas… Marian Keyes, Sophie Kinsella. Y las autoras españolas Pilar Cabero, Nieves Hidalgo, Ángeles Ibirika, Noelia Amarillo, Noe Casado incluso Megan Maxwell –en sus primeras novelas-, lo siento creo que la fama se le ha subido a la cabeza.

Insisto, que nadie se moleste, sé que me dejo muchas y muy buenas autoras por mencionar, pero lo que quiero transmitir es que la novela romántica no debe ni puede considerarse un género menor, salvo que la cantidad de malos escritos que últimamente se están prodigando lo consigan.

Posiblemente no soy quién para criticar que la persona que escribe quiera ver publicados sus trabajos. Yo escribo y, cómo a todos los escritores, me gustaría que los lectores se entusiasmaran con lo que hago; pero ¡por favor! antes de subir tu novela a una plataforma digital sométela a una lectura profesional, no sólo se la des a leer a tus amiguetes y familia, y sobre todo pregúntate si lo que has escrito no se parece demasiado a “Crepúsculo” o “50 sombras”, o si te has pasado de rosca con el almíbar o por el contrario con las escenitas de sexo tórrido.

Y sobre todo, por favor, por favor, respeta tu dignidad y la del resto de las mujeres.

Hace poco envié una carta a una editorial por publicar una novela (afortunadamente no era de una autora española) que a mi parecer hacía apología de la violencia machista.

Espero que nadie se sienta ofendida/o por el asunto, insisto que mi intención es prestigiar el género y me consta que entre tanta novelita del montón siempre hay deliciosas sorpresas. Lo que me gustaría –y es lo que yo me exijo a mí misma- es que, antes de publicar, la autora o autor juzgue su obra haciendo de “abogado del diablo” y saque de sí lo mejor. Además de crecer como escritor, le hará un gran favor a la novela romántica y a sus seguidores.

Los dulces anuncios de la Navidad

Los publicitarios aprendemos a contar buenas historias en 20” y terminamos plasmándolas en 200 páginas. #novela Promesas de Arena

Spot Tristón  1987

Tistón sólo quiere un amiguito

 

Navidad es sinónimo de anuncios de lotería, turrones, perfumes y juguetes. Mi primer anuncio navideño, hace ya unos cuantos años, recién salida de  la facultad allá a finales de los ochenta, fue el famoso “Tristón sólo quiere un amiguito”

Muchos lo recordaréis por la llorera que obligó a vuestros papás o abuelos a pelearse por el maldito muñeco en las tiendas –agotaron existencias-.

Era sentimentaloide a tope  pero funcionó. Algunos detractores lo tildaron de traumático para los niños por su desgarro emocional, sinceramente me pareció y me parece cargar las tintas, a fin de cuentas los creativos (Mario Vázquez Figueroa, Laura Garzón y Estudios Moro, en la realización) nos limitamos a seguir el guión trazado por las películas de Disney: apelar a la compasión y al altruismo humano. Hoy bien podría servir para recoger a tanto perro abandonado y maltratado que anda por ahí.

 Esta Navidad el anuncio de la Lotería Nacional también abusa de sentimientos y se está convirtiendo en viral, 

supera ya el millón de descargas en Youtube.

Mi enhorabuena a los creativos y al director –de cine- que lo han creado y desarrollado tan cuidadosamente. Hasta el claim es viral: “El mayor premio es compartirlo”. Y es que indefinitiva a lo que apela el spot es a la “bondad intrínseca del ser humano” que nos descubría Rousseau hace ya varios siglos. En el fondo somos buenos, compasivos, generosos y nos encanta que nos provoquen la lagrimilla. Por eso triunfan desde siempre los folletines, los culebrones sudamericanos de pro y las novelas de amor donde los protagonistas vencen todos los obstáculos y al final comen perdices. Y todo eso lo sabemos tanto publicitarios como escritores. Y nos encanta explotarlo, porque por muchos detractores que haya tenido mi Tristón, seguro que ellos también guardan con cariño al perrito, sino sobre su cama, en algún lugar de su armario. Y quiénes ahora vuelcan sus críticas sobre el spot de la Lotería  la primera vez que lo han visto ha tenido un nudo en la garganta y han suspirado de satisfacción ante el gesto altruista de Antonio, el propietario del bar.

Engancha y emociona.

Engancha y emociona.

Yo no reniego de mi Tristón, ni de este anuncio de la Lotería tan sentimental. Es bueno llorar, dejarse arrastrar por los sentimientos, ser generosos, ser humanos. Y como humanos decidir o elegir racionalmente nuestros actos y nuestro destino: gastarnos la pasta en un billete de lotería… o no, y no confiar en  la suerte. Esto es lo que hace Lucía, mi protagonista de Promesas de Arena: elige, superando sus propios sentimientos, y recibe su premio. Yo al final por fin me decidí a contar historias en doscientas páginas.

Te invito a leer Promesas de Arena

Mi novela gusta, ¡guauuu!

Pasión, traición, amistad y un secreto que impide olvidar el horror del pasado. A veces la verdad no hace libres, sólo encadena. Te  encantará.

“Promesas de Arena engancha y emociona”.

Eso me han comentado esta semana varias personas que la han leído. No son ni mi madre, ni mis hermanas, ni mis hijos, ni mi pareja. Sólo me conocen de vista, de cruzar unas palabras en el parque o en el portal de casa. Nada les compromete ni obliga conmigo. Pero han leído Promesas de Arena en apenas dos días y se han molestado en llamarme y decirme que les encanta.

 No sé si alguna vez veré publicada esta novela. Si, cómo tantos otros escritores noveles, terminaré autopublicándola “… ya lo pensaré mañana” cómo decía Scarlett. Pero me animan muchísimo las opiniones positivas que estoy recibiendo. Me animan a confiar en mi primera obra y a seguir escribiendo.

 Mientras, si alguien tiene curiosidad o está interesada/o en leer Promesas de Arena, puede pedírmela y se la enviaré con mucho gusto.