Relato para Día de las escritoras

La poetisa de Pompeya, probable retrato de Safo de Mitilene. Pompeya siglo VI a.C.

La Biblioteca Nacional de España organiza, en colaboración con la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE) y la Asociación Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura, el Día de las Escritoras. Esta nueva iniciativa  busca reivindicar la labor y la trayectoria de las escritoras tantas veces relegadas a un segundo plano a lo largo de la historia.

Aunque las escritoras cosechen buenas críticas en los lanzamientos de las novelas pero en los ‘rankings‘ con los mejores libros que se hacen a final de cada año las mujeres no están. A pesar de que hay muchas mujeres escritoras con éxito en España el Premio Nacional de Narrativa lo ganó una mujer (Carme Riera) por última vez en 1995. Llevamos 21 años en el que cada año se lo lleva un hombre señala Laura Freixas presidenta de Clásicas y Modernas explicando la conmemoración.

El premio más importante de literatura en lengua castellana, el Premio Cervantes, sólo se ha concedido en cuatro décadas, desde su institución en 1976 a 2016 a 4 mujeres:María Zambrano (1988), Dulce María Loynaz (1992) Ana María Matute (2010) y Elena Poniatowska (2013) frente a 37 hombres.

El Premio Nobel de Literatura desde su creación en 1901 hasta 2016 ha premiado a 16 mujeres y 99 hombres.

Este relato es mi particular homenaje a todas las mujeres escritoras y lectoras, para conmemorar el Día de las escritoras.

Alcázar de Segovia

Alcázar de Segovia

Visiones del alcázar

La reina posó su delicado pie sobre la almena, contempló el tajo inmenso del río, allá, al pie de la roca donde el alcázar se asentaba. Cuando concertó sus esponsales, su padre se jactaba ante los cortesanos de que era inexpugnable.

Estaba equivocado.

Las hordas cristianas habían cruzado el foso, se luchaba en la tasedioorre, en el salón de homenaje. Su hijo, apenas doce años, había muerto a manos de uno de esos bárbaros malolientes que invadían su Šiqūbiyyah.

Hacía días que nada se sabía de su esposo y su guardia, nadie regreso de la incursión tras las murallas; vano intento de pillar por sorpresa al enemigo. La desorganización y las luchas de poder que habían seguido a la desaparición del emir no habían ayudado en nada a la defensa de la plaza y ahora los cristianos arrasaban con todo lo que encontraban a su paso.

Patio del haremTenía poco tiempo, debía olvidar sus miedos, lo que la esperaba sería peor, mucho peor. Ninguno de aquellos infieles pondría las manos en su cuerpo. Había escapado del ḥarīm, libre de eunucos que lo custodiaran y defendieran, dejando allí a las aterradas concubinas y esclavas. Shara, la favorita de su esposo no había querido acompañarla, segura en su vanidad de que su belleza contendría a las fieras que en breve violarían los vedados aposentos de las mujeres y sembrarían de sangre y horror los cuidados jardines. Infeliz, inconsciente criatura; era hermosa, sí, tenía la arrebatadora hermosura que otorga la juventud recién nacida, pero la belleza jamás ha detenido la violencia.

Se deshizo del velo púrpura que ocultaba su pelo, esa cabellera negra brillante y olorosa que en sus primeras noches su esposo el emir había alabado con versos encendidos. Lo vio flotar mecido por el viento, ajeno a las columnas de humo que se elevaban por toda la ciudad.

Quería mirar la muerte cara a cara.Al pie del alcázar

Morir contemplando el horizonte y los campos de aquella tierra recia y seca que había aprendido a amar. Apenas recordaba los vergeles de agua, rosas y frutos de su Qurtuba, tan solo era una niña cuando llegó al alcázar. Una esposa en ofrenda de paz, algo con que los hombres negociaban para que el ejercito enemigo no penetrara en su territorio, eso fue ella. Eso habían sido todas las mujeres de su estirpe y ese destino hubiera esperado a sus hijas. Pero ya no. Sus niñas dormían el sueño eterno de la cicuta, tampoco su carne virgen sería mancillada.

Y saltó. Como la liviana seda del pañuelo, levitó sobre los campos y los ríos, sobre las fértiles huertas y los pinares, sobre los años y los siglos. Contempló a una mujer salir de su alcázar para coronarse reina,  y por un momento pensó que en el futuro su sexo sería algo más que objeto de placer o vientre fértil.

Pronto la sacaron de su error nuevas visiones.

Segovia, sinagoga

Su ciudad prosperó, creció, cambió su nombre; ahora se llamaba Segovia. Su pueblo, su religión y su cultura habían desaparecido absorbidos por la intolerancia y el credo cristiano. También la otra religión del Libro, los hijos de Abraham, habían sido relegados a los arrabales y eran perseguidos. Pero la vida seguía. Segovia se hacia grande e importante en una España que ya no era reino sino imperio.

No mejoró con el paso del tiempo la situación de sus hermanas. Las que se atrevían a salir de la norma eran tachadas de brujas o de herejes, castigadas, repudiadas, perseguidas, ajusticiadas…escuchó sus gritos en los autos de fe. Mientras, la vida seguía bullendo en los florecientes mercados de su ciudad, gracias en gran parte al trabajo que las mujeres desempeñaban. El comercio y la manufactura de la lana enriqueció sus casas, a sus esposos, a sus familias; ellas seguían siendo moneda de cambio y alianzas.

Santa Teresa de JesúsAlgunas excepciones, como una tal Teresa, que optó por consagrarse al Dios de los cristianos y escapar del yugo —o al menos intentarlo— que imponían las leyes patriarcales, alegraron su ánimo. Teresa fundó centros de saber y recogimiento solo para mujeres por las tierras secas y recelosas de Castilla, escribió, soñó, defendió su derecho a tomar decisiones. Fue tomada por loca, por rebelde, por necia como toda mujer, pero   su nombre perduraría en el tiempo como escritora y Santa.

Ante sus ojos a punto de cerrarse pasaron veloces once siglos en los que la mujer fue conquistando metas, mejorando su condición y reconocimiento, pero sin alcanzar la igualdad de derechos con sus compañeros los hombres. “Qué ardua labor y que futuro incierto aguarda a mis hermanas” —pensó con tristeza la reina.

Entonces vio a los chicos contemplando su alcázar.

Había niños y niñas. No supo distinguirlos, vestían de igual forma, iguales sus cabellos, iguales en sus juegos. La maestra los llamó y les contó la historia de esa fortaleza musulmana que luego fue palacio de monarcas cristianos. maestra-y-alumnosLes habló de las gentes que levantaron sus piedras y habitaron sus estancias. “¡Una mujer que enseña a varones y hembras!” —Se asombró nuestra reina.

Los alumnos, escuchaban atentos las gestas y los hechos. Las batallas perdidas, las victorias ganadas. Al final, cerró el discurso con una hermosa frase que emocionó a la reina: frase-maria-zambrano

Una sentencia pronunciada por una gran señora que también viviría y amaría su tierra segoviana: María Zambrano.

Y la reina se sintió satisfecha: “Las mujeres dan vida en lugar de quitarla. Si es mujer quien enseña, transmitirá a los jóvenes que la violencia solo engendra violencia.”  La profesora seguía hablando, los chicos y las chicas preguntaban. Ellas, incluso más que ellos, querían saberlo todo. Conocer el pasado, descubrir el mañana.

La reina se dejó ir por fin. No quiso seguir mirando más allá.

“Aún hay esperanza —pensó la reina mora— Mientras se deje oír, se lea y se escuche la voz de las mujeres.”

Promesas de arena cierra un año de ilusión.

Booktrailer Promesas de arena

¡Adiós 2015. Hola 2016! Sí, ha sido un año fantástico:  Saber que eres capaz de escribir esa historia que llevabas tanto tiempo pensando.    Que la presentes a un premio internacional de narrativa ¡y lo ganes!  Que publiquen el libro, … Continue reading 

¡Un caracol dorado! Mi regalo al grupo infantil en Facebook Lecturas compartidas júnior

Laura Garzón para La Paloma de papel de Ediciones Marte.

Laura Garzón para La Paloma de papel de Ediciones Marte.

¡Un caracol dorado! fue mi segunda publicación  en La Paloma de Papel de Ediciones Marte.

Está ilustrado por Javier Arasti. La Chicharra gritona estaba ilustrada por Isidoro González-Adalid con un estilo más infantil, acorde con la edad de sus lectores.

Este cuento, aunque dirigido también a primeros lectores, es para niños un poco más mayorcitos. Su protagonista, Jorge, es un crío urbanita de unos ocho o nueve años, justo la edad en que les pirran todas los artilugios tecnológicos y comienzan a creer saberlo todo; a no considerarse niños, y  a traspasar la frontera de la imaginación infantil hacia la realidad adulta. Triste, muy triste, pero inevitable al fin.

Jorge se ve obligado a vivir una temporada en el campo y está muy contrariado. No puede vivir sin su tele y sin su consola –recordad, está publicado en 1987, ahora echaría de menos la tablet e internet. Los tiempos adelantan que es una barbaridad-.

En el campo, junto a un tío que apenas conoce, Jorge vivirá aventuras aún más emocionantes que con sus aparatejos tecnológicos. Tan alucinantes que no sabrá dónde acaba la fantasía y comienza lo real, o si la fantasía está en nosotros mismos. En sus bolsillos.

Cómo La chicharra gritona ¡Un caracol dorado! alude a la solidaridad, la amistad, la búsqueda del propio camino y apuntes ecológicos. No soy partidaria de “impartir doctrina” cuando escribo. Creo que un autor debe limitarse a plantear hechos y dejar que el lector piense por sí mismo, pero en el caso de la literatura infantil no está de más trazar caminos, sobre todo si son con miras a que los jóvenes lectores aprendan a respetar y apreciar el medio ambiente.

Bueno, espero que os guste lo suficiente para leédselo o pasarlo a la tablet de vuestros niños y que ellos mismos lo lean (lo ideal sería tenerlos en formato Epub o Mobi, pero mis habilidades informáticas no dan para tanto, lo siento).

El link, pulsando aquí.

Mi primer cuento publicado, La Chicharra Gritona

Mi primer cuento publicado por Ediciones Marte en su sello infantil La paloma de papel.

Mi primer cuento publicado por Ediciones Marte en su sello infantil La paloma de papel.

No, no lo firmaba Aurora, me habéis descubierto, o más bien, yo os descubro mi otro yo: Laura. En aquellos años, finales de los ochenta, estaba más volcada en mi carrera como creativo publicitario que en escribir. Lo de publicar me vino sin buscarlo y tampoco le presté mayor dedicación, mis prioridades eran crear anuncios, y vivir La Movida.

Escribía, sí, relatos cortos, cuentos, artículos para La Luna de Madrid que pocas veces me pagaban, e iba guardando todos esos  ratos perdidos en una carpeta que años después he recuperado y me ha hecho ponerme a escribir de verdad.

Un amigo ilustrador leyó alguno de estos cuentos y escogió La Chicharra Gritona y ¡Un Caracol Dorado! para una nueva colección dirigida a primeros lectores, La Paloma de Papel, que estaba desarrollando para Ediciones Marte. Me divertí mucho escribiéndolos y siguiendo el proceso de edición.

La Chicharra Gritona cuenta las aventuras y desventuras de Cric-Cric, una jovencísima chicharra que por dormilona no aprende a cantar, pero que tiene una voz prodigiosa. Afortunadamente se cruza en el camino de una hormiga fuera de los común, Flopi. Una hormiga obrera que no sigue las rígidas normas de su hormiguero y se empeña en  ayudarla.

Evidentemente el cuento es un homenaje al clásico “La cigarra y la hormiga”, pero introduciendo conceptos como la solidaridad, la amistad, la búsqueda del propio camino y apuntes ecológicos para que los niños conozcan el mundo de la naturaleza, aunque sea con bastantes toques fantásticos como es lógico.

Tiene un lenguaje atrevido y dinámico y sobre todo considera a los niños como personitas inteligentes, contándoles cosas reales sobre la vida de los insectos: la organización en castas del hormiguero y cómo cantan las chicharras que oyen en los días de calor.

Espero que os guste La Chicharra Gritona y os animo a descargaros el cuento en pdf. Es mi particular regalo de Reyes para todos mis seguidores. Sobre ¡Un Caracol Dorado! os contaré en mi próxima entrada.

Promesas de Arena – capítulo 2. Llegamos

 

 

Campo de refugiados

Campo de refugiados

Agosto 2005, Campamento de refugiados palestinos en Rafah, Franja de Gaza.

En nuestro primer encuentro ni siquiera te vi… pero si te sentí. Sentí frío en medio de aquel viento abrasador que casi impedía respirar. Cuando me volví sólo contemplé a un beduino más con sus holgados ropajes oscuros, subiendo a un camión destartalado: como tantos que deambulaban por el campamento. Aún así la sensación de vacío me duró bastante tiempo y no lograba concentrarme en lo que me contaba nuestro instructor.

Luego sabría que tú me mirabas mientras intentaba recogerme el pelo en un moño improvisado que refrescara mi nuca, y que fue ese gesto lo que te hizo fijarte en mí, en recorrerme lentamente, paladeando de antemano tu presa, recreándote en mis manos aferrando mi cabello, mi cuello, mis hombros, mis brazos “impúdica  e inconscientemente al aire”, la curva de mi cintura, mis caderas y mis muslos desnudos asomando por los pantalones cortos.

Apenas hacia unas horas que el convoy había llegado al campo. Lo desconocíamos prácticamente todo: cómo actuar, cómo vestir, cómo movernos, cómo hacernos entender, porque incluso nuestros esfuerzos por expresarnos en inglés chocaban con el hermetismo risueño de esa gente que nos contemplaba con indiferencia y calculaban entre ellos cuantos días aguantaríamos en aquel infierno.

El viaje desde Madrid había sido agotador. Nuestro avión tardó casi tres horas y media en salir por la huelga de operarios en el aeropuerto de Barajas. Pero esa espera no fue nada comparada con las colas y trámites interminables en el aeropuerto egipcio y en los numerosos checkpoint  que tuvimos que traspasar y dónde las siglas  de la Agencia de la ONU para refugiados palestinos apenas tenían algún valor para los jóvenes soldados judíos que controlaban los pasos. Todo y todos éramos registrados invariablemente y acribillados a preguntas con más o menos grado de hostilidad por su parte según las horas de guardia que llevaran encima.

Y allí estábamos. Por fin. Expectantes, nerviosos, ilusionados, y muyy, muy acojonados: Sofía, Nacho, Diego Jaime y yo, Lucía, los nuevos y supernovatos cooperantes dispuestos a comerse el campo en sus seis meses de voluntariado y prácticas. Nacho y Diego eran médicos, Sofía psicóloga. Jaime y yo asistentes sociales.

Conocí a Jaime en el primer año de carrera, en una fiesta multitudinaria en la que ambos nos sentíamos extraños porque ninguno de los dos soportaba los “combinados explosivos” en botella de plástico. Pero había que socializar, e integrarse con los compañeros para no parecer tan nuevos.

Fiesta loca, marcha, beber lo que te dieran; marcha, saltar como energúmenos al ritmo de una música infame; marcha, morrearse o lo que fuera con el primero o primera que se pusiera a tiro; marcha, unos porritos; marcha, vomitona en algún rincón; marcha… y un tremendo dolor de cabeza al día siguiente mientras aguantabas la bronca de los viejos.

A pocas semanas de los primeros exámenes Jaime y yo decidimos colgarnos la etiqueta de frikis y pasar de la marcha. Desde entonces éramos amigos, muy buenos amigos, a veces con derecho a roce pero sin exclusividad, nunca habíamos pasado de meternos mano y él se había terminado echando una novia que también se convirtió en una buena amiga. María era el contrapunto perfecto para Jaime: atractiva, dulce, divertida, práctica y decidida. Mientras nosotros íbamos a pasar unos meses en plan altruista en pro de nuestros elevados ideales humanitarios ella se estaba dejando ningunear en un bufete para conseguir el objetivo que se había fijado desde siempre: ser abogada economista en una gran empresa y ganar mucha, muchísima pasta.

Camión de suministros

Cuando saltamos del camión habríamos matado por una ducha y unas horas de sueño.

Cuando saltamos del camión habríamos matado por una ducha y unas horas de sueño pero una vez más nada estaba saliendo según lo imaginábamos. Andy Wilder, nuestro jefe de operaciones en el terreno, un mejicano chiquito y dicharachero, nos levantó el ánimo al grito de : “rápido pendejos soltad los bártulos y seguidme. Los tíos no  ¡huevones! A descargar ese camión, y que no se les pierda ni un bulto. El material sanitario al dispensario, los alimentos y el resto al almacén. Lindas, vosotras me vais siguiendo que les hago el tour de bienvenida. Muchachos cuando terminen agarren algún crío y  que les lleve dónde estemos, ellos siempre lo saben.”

Era mediados de Julio y el polvo se masticaba, no había ni una sola calle asfaltada y estábamos rodeados por tiendas y chamizos improvisados con los materiales más dispares. Por todas partes había tremendos agujeros y socavones. Según caminábamos nos íbamos adentrando en un laberinto de callejas estrechas de casas en ruinas sin ningún trazado urbanístico. Nos seguían cada vez más chiquillos, éramos la novedad, los recién llegados y hacían apuestas entre ellos sobre quién aguantaría un mes siquiera. La puja más popular estaba en dieciocho días para las chicas y veintitrés para los chicos. Lo sé porque en los siguientes reemplazos yo también participaba en las apuestas, aunque no tenía la intuición o el conocimiento de la gente del terreno para detectar la capacidad de aguante de los cooperantes novatos.

Almacén de suministros en el campo de refugiados

Nada era cómo habíamos imaginado.

Primero visitamos los almacenes –si es que se les podía llamar así- era un recinto rodeado de alambradas en el que había varios contenedores destartalados que hacían las veces de barracón. Dentro se apilaban los suministros: sacos y cajas de la ayuda internacional que como cuentagotas habían pasado los incontables filtros y controles de las diversas autoridades judías y palestinas, y  el resto del material que, por necesidad y a precios prohibitivos, llegaba por los túneles. Pero llamar a aquello almacén era todo un acto de fe.

Como fui descubriendo a los pocos días en ese momento el centro podía considerarse abastecido, nosotros acabábamos de llegar con uno de los cargamentos más importantes permitidos en los últimos meses, pero las existencias se agotaban rápidamente; eran muchas las necesidades y demasiados los necesitados.

Según se iban descargando los bultos se apilaban en el interior del almacén de cualquier manera y un piquete  ¡armado! se apostaba alrededor de la alambrada. Ya nos habíamos acostumbrado a la presencia de las armas automáticas en los checkpoint que nos habían dado la bienvenida en nuestra ruta, pero no dejó de sorprendernos que se exhibieran dentro del mismo campamento y para proteger alimentos y materiales que beneficiaban a todos. En nuestras ingenuas mentes occidentales bien alimentadas y cuidadas, pensábamos que el altruismo era una virtud innata, sobre todo en un entorno de necesidad. Ja, ja. ¡benditos ilusos!

Los protectores del almacén no eran voluntarios como cabía esperar, sino guardas pagados por la organización  para disuadir a saqueadores y desesperados. Además de su salario se cobraban por sí mismos algunos extras en especie, pero era un mal menor que ya se tenía en cuenta a la hora de calcular mermas. Mejor extraviar un saco de arroz que perder media tonelada en un asalto multitudinario. Con las semanas nos acostumbraríamos a ver material y alimentos con el sello de las ONG’s en los mercados locales.

Nacho, Diego y Sofía  fueron asignados al dispensario, bajo las órdenes y el recio control de  Hamid, un hombre moreno, enjuto y autoritario que no permitía ineptitudes ni flaquezas pero del que podías aprender prácticas sanitarias que ninguna universidad del mundo podría enseñarte.

Pero si Hamid era duro, Fathia, su enfermera jefe, era inflexible. A la una de la madrugada de aquel primer y horrendo primer día en el que no habíamos descansado ni media hora tras casi cuarenta y ocho de viaje, Sofía se derrumbó en nuestro camastro con un ataque de histeria y llamando de todo a la “hija-de-puta” de la enfermera bruja. Intenté tranquilizarla, sorprendida y casi asustada. Sofía era de las personas más equilibradas que yo había conocido hasta el momento. Lo que yo no conseguí, evidentemente, lo logró la fatiga. A los pocos minutos, sucia,  con las manos quemadas por la lejía, y con sólo una botella de zumo calentorro en el cuerpo, Sofía estaba profundamente dormida.

A Jaime y  a  mi nos había enviado a “intendencia”   nuestro  “encantador” Andy Wilder. Cuando le indicamos que éramos asistentes sociales y nos gustaría desarrollar nuestra labor “ayudando a jóvenes y niños en riesgo” soltó una de sus tremendas risotadas y contestó:

– Chicos, aquí todos estamos en riesgo.  Primero me organizan la vaina de los suministros y luego ya verán, no se van a aburrir.

 Organizar el cargamento nos llevó unas horas. Hasta que comprendimos el caos que imperaba en el recinto cercado que llamaban almacén. Intentar poner orden y entendernos con la marabunta de gente que se agolpaba a su entrada nos llevó varios días. Exactamente los que tardaron en agotarse los suministros. Entonces nos quedamos con muy poco que hacer  y Andy tomó a Jaime a su cargo directo como asistente/esclavo. Lo mismo le redactaba los mails y solucionaba el papeleo como le hacía la colada. Pero también aprendió a negociar con los proveedores, las patrullas y los guardias de los checkpoint, entre otros muchos trapicheos y malabares con los que el increíble Andy sacaba el máximo provecho a los siempre insuficientes recursos de que disponíamos.

Te invito a leer Promesas de Arena

Mi novela gusta, ¡guauuu!

Pasión, traición, amistad y un secreto que impide olvidar el horror del pasado. A veces la verdad no hace libres, sólo encadena. Te  encantará.

“Promesas de Arena engancha y emociona”.

Eso me han comentado esta semana varias personas que la han leído. No son ni mi madre, ni mis hermanas, ni mis hijos, ni mi pareja. Sólo me conocen de vista, de cruzar unas palabras en el parque o en el portal de casa. Nada les compromete ni obliga conmigo. Pero han leído Promesas de Arena en apenas dos días y se han molestado en llamarme y decirme que les encanta.

 No sé si alguna vez veré publicada esta novela. Si, cómo tantos otros escritores noveles, terminaré autopublicándola “… ya lo pensaré mañana” cómo decía Scarlett. Pero me animan muchísimo las opiniones positivas que estoy recibiendo. Me animan a confiar en mi primera obra y a seguir escribiendo.

 Mientras, si alguien tiene curiosidad o está interesada/o en leer Promesas de Arena, puede pedírmela y se la enviaré con mucho gusto.