Literatura de autoficción o literatura selfie: El dolor de los demás.

Últimamente todo escritor que se precie se autorretrata

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¿Me pregunto si ha llegado la moda de relatar situaciones, sucesos o sentimientos personales en las páginas de una novela? La literatura de autoficción está llenando lo escaparates de las librerías con más o menos fortuna. Es solo que ahora todo hijo de vecino nos cuenta su cuitas en las redes sociales y el hecho es mucho más banal. La pantalla del móvil se ha convertido en el moderno confesionario y eso se trasfunde a la  letra impresa como una moda literaria. No voy a entrar aquí en cuanto ello conlleva, cada uno que siga, lea o aplauda las intimidades que desee.

Lo que sí quiero destacar hoy es que si lo que escribe el autor es bueno, bendita moda. Y eso me he encontrado en El dolor de los demás de Miguel Ángel Hernández.

“─Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”

De haber abierto el libro por esta frase, me hubiera enamorado inmediatamente de su historia. De haber sido el comienzo quedaría en los anales de los comienzos literarios memorables. Pero Miguel Ángel Hernández no comienza así su libro. Porque esa frase no es ficción, no es fruto de la imaginación del autor, es la confesión de una vivencia real de Miguel Ángel Hernández a otro escritor.

Romería tradicional

Sí, El dolor de los demás es una obra de autoficción. Miguel Ángel Hernández nos relata a lo largo de unas trescientas páginas una experiencia traumática vivida en su primera juventud. En un ejercicio, más de exorcismo propio que de investigación, el autor va indagando, entrevistando y rescatando recuerdos de aquel episodio que durante muchos años ha querido olvidar. Solo que no puedes huir eternamente, el pasado siempre nos alcanza:

“ Aquel encuentro me hizo ser consciente de que el pasado no es solo una memoria inmaterial, una proyección mental intangible; el pasado es denso, respira, se mueve hacia nosotros.” .- página 66.

No esperéis una crónica de sucesos. Esta novela es más una recuperación de lo perdido y una rectificación del camino tomado que descifrar un enigma:

“El lenguaje es verdaderamente performativo; crea el mundo en que vivimos. Así que en 1995 no había violencia de género. Aquello había sido un crimen entre hermanos, un fratricidio. Un caso aislado. Él era Nicolás, no un hombre. Ella era Rosi, no una mujer. Estaba sola ante él; no entraba en la triste lista de las demás.” – Página 139.

“Me quedé un tiempo hipnotizado por la fotografía. Las dos figuras detenidas mirando fijamente al abismo me recordaron los cuadros de Caspar David Friedrich”

Y sobre todo es un ejercicio magistral de literatura novedosa. Aunque la autoficción no sea algo nuevo. Hace poco Justo Sotelo, a quien me he permitido copiar la denominación “selfie”, hablaba en su muro de Facebook de “Memorias de ultratumba” una biografía de Chateaubriand que muchos consideran una de las obras cumbres del siglo XIX y que nos muestra las impresiones del escritor francés sobre el nacimiento de las democracias actuales. (Un libro que todos deberíamos leer para no perder el norte -recientemente ya se ha perdido el sur-. Yo, lo confieso, salvo los párrafos en el libro de francés del cole no he leído nada de este insigne autor galo. Pero no es el momento de flagelarme.) Es decir, que mucho antes de Truman Capote, de Carrère, de Cercas, en los cuales dice el mismo Hernández inspirarse, ya los autores relataban la realidad que habían vivido en carne propia.

Para mí, la novedad de El dolor de los demás radica en esa impresiones casi sensoriales con que su autor nos “escribe” sus recuerdos en una segunda persona, que es incluso más implicativa que la primera persona, pero le permite distanciarse de sus propias vivencias y relatar, como espectador, momentos cuasi impúdicos, crudos; humanos, en definitiva:

“No dejas de dar vueltas en la cama y las imágenes no se van de ahí. El cuerpo de la Rosi. La entrevista en la televisión. Nicolás saltando por un barranco. Respiras profundamente e intentas fijar tu mente en un recuerdo placentero. Es entonces cuando regresa María José. Evocas su abrazo, percibes de nuevo sus pechos apretándose contra tu cuerpo y consigues frenar el flujo del pensamiento durante unos minutos.

Sientes la erección e introduces la mano bajo las sábanas.”.- Página 197.

El dolor de los demás es un libro que no te deja indiferente por muchas razones: su estilo literario, su temática, su novedad y su mensaje de esperanza; si no de perdón, si de reconciliación con el pasado y con sentimientos que nos sobrepasan: ¿podemos seguir amando a un monstruo?, ¿podemos reconocer a la víctima sin victimizarla?, ¿qué parte de culpa tenemos en los hechos que suceden en nuestro entorno?

Solo hay algo en lo que no estoy de acuerdo con Miguel Ángel Hernández, la frase con que él cierra la historia: “Su mirada y la tuya duelen al mismo tiempo. Sientes su dolor. Y percibes claramente cómo ella siente el tuyo” .- Página 289.

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El velatorio (Ulpiano Checa)

Yo no creo que podamos compartir “el dolor de los demás” (solo por este precioso título ya tenía interés en leer el libro). El dolor es algo intrínsecamente propio e intransferible. Él mismo, a lo largo de la historia nos transmite su dolor; el dolor de los otros: las familia, los vecinos, los amigos… solo nos lo muestra. El tan manido “te acompaño en el sentimiento” es una tremenda mentira social.

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