Promesas de Arena – capítulo 2. Llegamos

 

 

Campo de refugiados

Campo de refugiados

Agosto 2005, Campamento de refugiados palestinos en Rafah, Franja de Gaza.

En nuestro primer encuentro ni siquiera te vi… pero si te sentí. Sentí frío en medio de aquel viento abrasador que casi impedía respirar. Cuando me volví sólo contemplé a un beduino más con sus holgados ropajes oscuros, subiendo a un camión destartalado: como tantos que deambulaban por el campamento. Aún así la sensación de vacío me duró bastante tiempo y no lograba concentrarme en lo que me contaba nuestro instructor.

Luego sabría que tú me mirabas mientras intentaba recogerme el pelo en un moño improvisado que refrescara mi nuca, y que fue ese gesto lo que te hizo fijarte en mí, en recorrerme lentamente, paladeando de antemano tu presa, recreándote en mis manos aferrando mi cabello, mi cuello, mis hombros, mis brazos “impúdica  e inconscientemente al aire”, la curva de mi cintura, mis caderas y mis muslos desnudos asomando por los pantalones cortos.

Apenas hacia unas horas que el convoy había llegado al campo. Lo desconocíamos prácticamente todo: cómo actuar, cómo vestir, cómo movernos, cómo hacernos entender, porque incluso nuestros esfuerzos por expresarnos en inglés chocaban con el hermetismo risueño de esa gente que nos contemplaba con indiferencia y calculaban entre ellos cuantos días aguantaríamos en aquel infierno.

El viaje desde Madrid había sido agotador. Nuestro avión tardó casi tres horas y media en salir por la huelga de operarios en el aeropuerto de Barajas. Pero esa espera no fue nada comparada con las colas y trámites interminables en el aeropuerto egipcio y en los numerosos checkpoint  que tuvimos que traspasar y dónde las siglas  de la Agencia de la ONU para refugiados palestinos apenas tenían algún valor para los jóvenes soldados judíos que controlaban los pasos. Todo y todos éramos registrados invariablemente y acribillados a preguntas con más o menos grado de hostilidad por su parte según las horas de guardia que llevaran encima.

Y allí estábamos. Por fin. Expectantes, nerviosos, ilusionados, y muyy, muy acojonados: Sofía, Nacho, Diego Jaime y yo, Lucía, los nuevos y supernovatos cooperantes dispuestos a comerse el campo en sus seis meses de voluntariado y prácticas. Nacho y Diego eran médicos, Sofía psicóloga. Jaime y yo asistentes sociales.

Conocí a Jaime en el primer año de carrera, en una fiesta multitudinaria en la que ambos nos sentíamos extraños porque ninguno de los dos soportaba los “combinados explosivos” en botella de plástico. Pero había que socializar, e integrarse con los compañeros para no parecer tan nuevos.

Fiesta loca, marcha, beber lo que te dieran; marcha, saltar como energúmenos al ritmo de una música infame; marcha, morrearse o lo que fuera con el primero o primera que se pusiera a tiro; marcha, unos porritos; marcha, vomitona en algún rincón; marcha… y un tremendo dolor de cabeza al día siguiente mientras aguantabas la bronca de los viejos.

A pocas semanas de los primeros exámenes Jaime y yo decidimos colgarnos la etiqueta de frikis y pasar de la marcha. Desde entonces éramos amigos, muy buenos amigos, a veces con derecho a roce pero sin exclusividad, nunca habíamos pasado de meternos mano y él se había terminado echando una novia que también se convirtió en una buena amiga. María era el contrapunto perfecto para Jaime: atractiva, dulce, divertida, práctica y decidida. Mientras nosotros íbamos a pasar unos meses en plan altruista en pro de nuestros elevados ideales humanitarios ella se estaba dejando ningunear en un bufete para conseguir el objetivo que se había fijado desde siempre: ser abogada economista en una gran empresa y ganar mucha, muchísima pasta.

Camión de suministros

Cuando saltamos del camión habríamos matado por una ducha y unas horas de sueño.

Cuando saltamos del camión habríamos matado por una ducha y unas horas de sueño pero una vez más nada estaba saliendo según lo imaginábamos. Andy Wilder, nuestro jefe de operaciones en el terreno, un mejicano chiquito y dicharachero, nos levantó el ánimo al grito de : “rápido pendejos soltad los bártulos y seguidme. Los tíos no  ¡huevones! A descargar ese camión, y que no se les pierda ni un bulto. El material sanitario al dispensario, los alimentos y el resto al almacén. Lindas, vosotras me vais siguiendo que les hago el tour de bienvenida. Muchachos cuando terminen agarren algún crío y  que les lleve dónde estemos, ellos siempre lo saben.”

Era mediados de Julio y el polvo se masticaba, no había ni una sola calle asfaltada y estábamos rodeados por tiendas y chamizos improvisados con los materiales más dispares. Por todas partes había tremendos agujeros y socavones. Según caminábamos nos íbamos adentrando en un laberinto de callejas estrechas de casas en ruinas sin ningún trazado urbanístico. Nos seguían cada vez más chiquillos, éramos la novedad, los recién llegados y hacían apuestas entre ellos sobre quién aguantaría un mes siquiera. La puja más popular estaba en dieciocho días para las chicas y veintitrés para los chicos. Lo sé porque en los siguientes reemplazos yo también participaba en las apuestas, aunque no tenía la intuición o el conocimiento de la gente del terreno para detectar la capacidad de aguante de los cooperantes novatos.

Almacén de suministros en el campo de refugiados

Nada era cómo habíamos imaginado.

Primero visitamos los almacenes –si es que se les podía llamar así- era un recinto rodeado de alambradas en el que había varios contenedores destartalados que hacían las veces de barracón. Dentro se apilaban los suministros: sacos y cajas de la ayuda internacional que como cuentagotas habían pasado los incontables filtros y controles de las diversas autoridades judías y palestinas, y  el resto del material que, por necesidad y a precios prohibitivos, llegaba por los túneles. Pero llamar a aquello almacén era todo un acto de fe.

Como fui descubriendo a los pocos días en ese momento el centro podía considerarse abastecido, nosotros acabábamos de llegar con uno de los cargamentos más importantes permitidos en los últimos meses, pero las existencias se agotaban rápidamente; eran muchas las necesidades y demasiados los necesitados.

Según se iban descargando los bultos se apilaban en el interior del almacén de cualquier manera y un piquete  ¡armado! se apostaba alrededor de la alambrada. Ya nos habíamos acostumbrado a la presencia de las armas automáticas en los checkpoint que nos habían dado la bienvenida en nuestra ruta, pero no dejó de sorprendernos que se exhibieran dentro del mismo campamento y para proteger alimentos y materiales que beneficiaban a todos. En nuestras ingenuas mentes occidentales bien alimentadas y cuidadas, pensábamos que el altruismo era una virtud innata, sobre todo en un entorno de necesidad. Ja, ja. ¡benditos ilusos!

Los protectores del almacén no eran voluntarios como cabía esperar, sino guardas pagados por la organización  para disuadir a saqueadores y desesperados. Además de su salario se cobraban por sí mismos algunos extras en especie, pero era un mal menor que ya se tenía en cuenta a la hora de calcular mermas. Mejor extraviar un saco de arroz que perder media tonelada en un asalto multitudinario. Con las semanas nos acostumbraríamos a ver material y alimentos con el sello de las ONG’s en los mercados locales.

Nacho, Diego y Sofía  fueron asignados al dispensario, bajo las órdenes y el recio control de  Hamid, un hombre moreno, enjuto y autoritario que no permitía ineptitudes ni flaquezas pero del que podías aprender prácticas sanitarias que ninguna universidad del mundo podría enseñarte.

Pero si Hamid era duro, Fathia, su enfermera jefe, era inflexible. A la una de la madrugada de aquel primer y horrendo primer día en el que no habíamos descansado ni media hora tras casi cuarenta y ocho de viaje, Sofía se derrumbó en nuestro camastro con un ataque de histeria y llamando de todo a la “hija-de-puta” de la enfermera bruja. Intenté tranquilizarla, sorprendida y casi asustada. Sofía era de las personas más equilibradas que yo había conocido hasta el momento. Lo que yo no conseguí, evidentemente, lo logró la fatiga. A los pocos minutos, sucia,  con las manos quemadas por la lejía, y con sólo una botella de zumo calentorro en el cuerpo, Sofía estaba profundamente dormida.

A Jaime y  a  mi nos había enviado a “intendencia”   nuestro  “encantador” Andy Wilder. Cuando le indicamos que éramos asistentes sociales y nos gustaría desarrollar nuestra labor “ayudando a jóvenes y niños en riesgo” soltó una de sus tremendas risotadas y contestó:

– Chicos, aquí todos estamos en riesgo.  Primero me organizan la vaina de los suministros y luego ya verán, no se van a aburrir.

 Organizar el cargamento nos llevó unas horas. Hasta que comprendimos el caos que imperaba en el recinto cercado que llamaban almacén. Intentar poner orden y entendernos con la marabunta de gente que se agolpaba a su entrada nos llevó varios días. Exactamente los que tardaron en agotarse los suministros. Entonces nos quedamos con muy poco que hacer  y Andy tomó a Jaime a su cargo directo como asistente/esclavo. Lo mismo le redactaba los mails y solucionaba el papeleo como le hacía la colada. Pero también aprendió a negociar con los proveedores, las patrullas y los guardias de los checkpoint, entre otros muchos trapicheos y malabares con los que el increíble Andy sacaba el máximo provecho a los siempre insuficientes recursos de que disponíamos.

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